viernes, 2 de noviembre de 2012

Capítulo 65: De negativas y periódicos


Penny salió de la estación del metro y miró con desagrado aquel barrio. Todo ofrecía un aspecto de dejadez inmenso y a juzgar por el estado de las fachadas, parecía que muchas de las casas que estaba viendo amenazaran con derrumbarse de un momento a otro. Y no sólo eran los edificios, también la gente ofrecía un aspecto deplorable. La chica dudó por unos instantes en si volver a meterse en el metro y dejar plantado al casero con el que había quedado dentro de un cuarto de hora. No obstante, desechó la idea de su mente enseguida: aquella habitación era una de las pocas que había encontrado en todo Londres ajustada a su presupuesto. Si dejaba escapar aquello, ¿dónde iba a vivir entonces? Y de una cosa estaba segura: no iba a volver arrastrándose ante sus padres para que volvieran a mantenerla y pagarle un alquiler en un buen barrio. Aquello sería demasiado humillante y prefería mil veces estar viviendo en un sitio como aquél a hacer eso. Así pues, Penny empezó a caminar en dirección a la cafetería en la que se había citado. El casero le había dado instrucciones precisas sobre cómo llegar allí desde la parada del metro, así que, por suerte, no necesitaría pararse a preguntar a nadie de los que por allí pululaban.

Las casas de aquel barrio, Leyton, se sucedían unas tras otras igual de grises que el ánimo de Penny en aquellos instantes. Después de caminar aproximadamente unos diez minutos que se le hicieron eternos, no le costó demasiado divisar desde donde estaba la famosa cafetería donde había quedado. En la entrada, un par de niños de no más de cinco años, jugaban al balón. El más grande chutaba y el más pequeño hacía de portero, intentando detener conforme podía los disparos del otro.

-¡Gol!-gritó de repente el mayor.

-Eso es fuera, no vale, hijoputa.-replicó enfadado el más pequeño.

-¡Que te follen, cerdo!-le espetó el otro.-Lo que pasa es que eres una mierda de portero.

Penny estaba sorprendida mirándolos. Le chocaba que dos críos que no levantaban ni dos palmos del suelo estuvieran hablándose de aquella manera. No es que ella fuera la más fina del mundo, pero nunca en su vida había visto una cosa así. De repente, la puerta del bar se abrió y una mujer que no debía de ser mucho más que ella pero que estaba infinitamente más demacrada salió de allí y se quedó mirando a los dos chiquillos con mala cara.

-¡Os estoy oyendo desde dentro!-gritó.-¿Qué os he dicho de esa sucia bocaza?

-Cállate, puta cerda.-le contestó el más pequeño antes de echar a correr calle abajo seguido por el más mayor.

-¡Cuando os agarre vais a ver!¡De la paliza que os voy a dar se os van a quitar las ganas de decir esas cosas! –gritó la mujer mirándolos, con el puño en alto. Después, como si de repente hubiera reparado en la presencia de Penny allí delante de ella, se volvió hacia la chica y preguntó de malos modos:-¿Y tú qué quieres?

-Me había citado aquí con alguien.-respondió ella airada ante las formas de la mujer.

-¿No serás tú la que está esperando mi marido? ¿La que busca habitación?

-¿Su marido es el señor Pearson?-preguntó ella extrañada.

-Sí.-se limitó a asentir la mujer.-Llegas pronto, pero entra.

Aún sorprendida por haber descubierto la identidad de la mujer, Penny la siguió hacia adentro. El interior de aquella cafetería, si es que se le podía considerar así a aquel antro de mala muerte, estaba en perfecta armonía con el exterior. Todo parecía gris y sucio y, comparado con aquello, el pub en donde ella estaba trabajando era un local digno de la realeza.

-¡Ralph!-gritó la mujer nada más entraron.-¡Ha venido la de la habitación, sal!

Inmediatamente, del interior de lo que debía de ser el almacén salió un hombre de una cincuentena de años y de aspecto desagradable. A Penny le chocó la diferencia de edad que aparentemente había entre él y la que supuestamente era su esposa.

-Diles a tus sucios hijos que como me llamen puta o cerda una vez más les doy la paliza de su vida, ¿entendido?.-le espetó la mujer nada más lo vio aparecer.

-También son hijos tuyos.-respondió él con tranquilidad antes de posar su mirada en Penny, que estaba tratando de asimilar el hecho de que dos chiquillos que no levantaban ni dos palmos del suelo fueran capaces de hablarle de la manera en que lo habían hecho a su madre.-¿Eres Penny... ehm…? Disculpa, no me acuerdo de tu apellido.

-Rogers. Penny Rogers.-contestó ella con sequedad sin ni siquiera tenderle la mano a aquel hombre que parecía tener incluso más mugre encima que el propio local.

-Yo soy Ralph Pearson, aunque eso ya lo sabes.-se presentó él.-Ven, vamos a sentarnos.

Penny le siguió hacia una de las mesas que había allí cerca y tomó asiento frente a él.

-Me dijiste que estabas interesada en la habitación que tengo en alquiler, ¿no es así?-empezó a decir el hombre.

-Así es. Esperaba que me comentara cómo es y todo eso.

-¿Que cómo es?-preguntó él largando una carcajada.-Pues con ese precio a la semana, hija, no esperes grandes lujos. Una cama, un armario y una mesita de noche. Había una lámpara para la mesita, pero el cabrón que se acaba de largar la rompió. Si quieres otra, deberás comprártela tú y, si no, pues te apañas con la bombilla del techo.

La chica le dedicó una mirada de desprecio. Si él se percató de ello, no hizo el menor caso ya que  continuó hablando como si tal cosa.

-Está en esa casa de ahí enfrente.-dijo señalando por la ventana hacia una casa que ofrecía el mismo aspecto que todas las demás.-Actualmente hay cinco personas, contigo serían seis. Baño, cocina y comedor son compartidos, como te dije.

-Entiendo.

-¿Quieres verlo?

-Mejor.-contestó Penny de mala gana.

-De acuerdo, vamos allá.-dijo el tal Ralph poniéndose de pie.-¡Edna! ¡Nos vamos!

La mujer, que estaba en el interior del local, soltó un grito de aprobación y, a continuación, los dos salieron de allí sin más. Cruzaron la calle mientras el hombre parloteaba sin cesar sobre que el barrio de Leyton no era tan malo como muchos querían hacer creer a la gente, aunque a Penny le costaba creerle viendo el panorama que tenía ante sus narices.

Cuando llegaron ante la puerta de la casa, Ralph llamó al timbre. No tardó demasiado en abrir una chica de mirada triste que mascaba chicle sin parar.

-Ah, hola, Ralph.-dijo de mala gana cuando los vio allí plantados ante la puerta.

-Vengo a enseñarle a esta chica la habitación que ha quedado libre.-aclaró Ralph.

-Vale, pasad.-dijo la chica antes de entrar de nuevo adentro y de perderse en el interior de una habitación.

El interior de la casa era más o menos acorde a lo que había visto hasta el momento. La pintura de las paredes estaba descorchada y se podían apreciar severos restos de humedad por doquier. Por lo demás, tampoco estaba tan mal. Estaba bastante limpio, que era lo importante, y aunque todo pareciera un poco decadente, no era tan horroroso como Penny había imaginado.

-Eso de ahí es el comedor.-dijo Ralph señalando hacia una puerta abierta que dejaba entrever una estancia con muebles viejos.-Y al lado está la cocina. El tema de la limpieza y todo eso ya queda entre los inquilinos de la casa.

-Entiendo.

-Y la habitación que queda libre está arriba, en la primera planta. Es una de las más amplias, aviso.

Subieron las estrechas escaleras que conducían a la planta superior y, a continuación, Ralph introdujo una llave en la cerradura de la puerta que quedaba justo enfrente de ellos.

-Instalé cerraduras en cada una de las habitaciones.-explicó él en un vago intento por alardear de su generosidad.-Ya sabes… Lo normal. Por aquí pasa mucha gente y a veces desaparecían cosas. Me harté de oír quejas de los inquilinos y puse esto. Así me cubro las espaldas.

Dicho esto, Ralph abrió la puerta de la habitación. Aquello era tal y como Ralph había descrito. La habitación era bastante amplia y los únicos muebles con los que contaba eran la propia cama, un armario y una mesita de noche. En el techo, una triste bombilla colgada de su propio cable iluminaba las paredes descorchadas.

-Como ya te he dicho, no es la gran cosa, pero es amplio.-dijo él.-Y estás cerca del metro, que también es una cosa a tener en cuenta.

La chica miró una vez más hacia allí, considerando sus opciones. Lo cierto es que aquel barrio le repugnaba, como también lo hacía la idea de tener que compartir casa con Dios sabía quién. Pero, no obstante, no tenía demasiadas alternativas. Era lo único que había encontrado en Londres a un precio bastante asequible y que, pese a no estar cerca del centro, no estaba a más de una hora como otros lugares que ya había visto.

-¿Y bien? ¿Qué te parece?

-Supongo que me tendré que conformar…-masculló ella de mala gana.-El precio es el que acordamos por teléfono, ¿no?

-Exacto. Y recuerda: los gastos van aparte, corren de vuestra cuenta.-contestó Ralph.

-Se acuerda de que tengo un perro, ¿no?-preguntó la chica.

-Sí, descuida. Permito animales, siempre y cuando no molesten a los demás inquilinos.-contestó él.-Mientras el perro permanezca en tu habitación, no hay problema.

Penny bufó pensando en Bonnie. Era una perra grande y estar allí encerrada entre cuatro paredes la mayor parte del día por muy amplia que fuera la habitación, iba a suponer poco menos que una tortura para ella. No obstante, no le quedaba otra que acostumbrarse. De todas maneras, ella intentaría sacarla a pasear lo más posible para que se sintiera mejor.

-Entonces, ¿hay trato o no hay trato?-insistió el hombre.

-Sí, lo hay.-contestó la chica de mala gana.

-Perfecto, ¿cuándo te instalarás?

-El lunes a primera hora.-contestó Penny echándole un vistazo a todo aquello por última vez antes de irse con cara de asco.

-Me alegro.-respondió Ralph mostrando una sonrisa repleta de dientes ennegrecidos por el tabaco.-Bienvenida a Leyton, Penny.

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Chris acabó de liar el porro que tenía entre manos a toda prisa, le prendió fuego y se lo puso en la boca a Mary.

-¿Qué haces?-preguntó su amiga extrañada ante aquella reacción.

-¿Que qué hago?¿Pero tú has visto lo alterada que estás?-preguntó ella con una sonrisilla burlona en los labios.-Fúmate esto que te hace buena falta, a ver si te tranquilizas.

Gwen soltó una risita ahogada mientras contemplaba aquella escena. Mary, por su parte, se quitó el porro de la boca y se lo volvió a dar a Christine.

-Yo no estoy alterada, McCartney.-le dijo.-Así que no me hace falta.

-Sí, claro… No estás alterada…-rió Chris antes de darle una calada al porro.-Por cierto, gracias por devolvérmelo. Esta hierba última que nos han dado está de puta madre.

-Oye, Chris, no seas avariciosa.-dijo Gwen de repente.-Has hecho metido marihuana como para hacer un par de porros. No irás a fumarte eso tú sola, ¿verdad?

-Menuda eres, Gwen…-sonrió Chris pasándoselo.-Y muchos que creen que eres una santa inmaculada. Mira, si la tranquilidad en persona de Mary no quiere, nos lo fumaremos entre tú y yo.

-Joder, como eres.-repuso Mary divertida.-¿En serio no me vas a dar ni un poquito?

-Tú misma lo acabas de rechazar, Hall.-le replicó Chris mientras Gwen ya exhalaba el humo.

-Bah, dejaros de tonterías.-dijo Gwen de repente pasándole el porro a Mary.-Toma, chica, fuma y riámonos un rato.

Mary alargó la mano y agarró el porro. Después, le dio una calada y miró a sus amigas entrecerrando los ojos.

-Quizá sí que esté algo alterada con todo esto de la boda.-dijo al cabo de unos segundos.-Es un mogollón. Y falta poco más de un mes para ese día… Sólo de pensarlo me pongo mala.

-Pero si ya lo tienes todo apunto…-dijo Gwen en tono tranquilizador.-Mira, tienes todo lo del banquete claro, los invitados, el vestido… ¡Todo! No es necesario que te agobies.

-No agobiarme, eso ya es más difícil.-sonrió Mary mientras Chris le agarraba el porro.-Jamás pensé que casarse fuera tan complicado…

Chris la miró fijamente. Su rostro indicaba, además de agobio, cierta preocupación. Había algo más que preocupaba a Mary aparte de la boda, algo que les estaba ocultando.

-Oye.-dijo al fin sin apartar la mirada de sus ojos, decidida.-Lo tuyo no son sólo nervios por la boda, ¿me equivoco?

Su amiga la miró primero a ella y después a Gwen, sonrió amargamente y lanzó un suspiro.

-¿Tanto se nota?-preguntó al fin.

-¿Qué ocurre, Mary?-quiso saber Gwen, preocupada.-¿Algo con Ringo?

-No, no es eso.-masculló la chica.-No es nada sobre mí, ni sobre Ritchie. Es que… Bueno…

-¿Qué?-insistió Chris, que ya estaba empezando a impacientarse.

-Pues que…-empezó a decir Mary, dudosa.-Bueno, que el otro día discutí con Penny.

-¿Con Penny? ¿Qué pasó?-preguntó Gwen sorprendida.

-No lo sé… Lo único que sé es que me llamó para decirme que no iba a venir a la boda. Y después, no sé cómo, se puso a decirme que no la debería haber invitado, que le parecía una falta de respeto o algo así teniendo en cuenta por lo que ella estaba pasando…

-¿En serio?-casi exclamó Chris, que la miraba con los ojos abiertos como platos.

-Sí. Y después, sin más, me dijo que quería alejarse de nosotros y que quería dejar el piso de Montagu Square.

-¿Y se va de allí?-preguntó Gwen.

-Sí. De hecho esta mañana me ha dicho que ya tenía otro sitio donde vivir, que el lunes ya deja el piso…

-Joder, qué flipada…-masculló Chris mientras le daba otra calada al porro antes de dárselo a Gwen nuevamente.-No, si al final John va a tener razón y todo…

-No sé…-intervino Gwen.-Está dolida con todo. Quizá deberíamos intentar hablar con ella…

-Yo después de lo que tuve, no sé si sería lo más correcto, la verdad.-contestó Mary.

-Y yo sinceramente, paso.

Gwen se quedó mirándola extrañada y Chris no pudo menos que soltar una risita tonta, en parte por culpa de la marihuana y en parte porque ni ella misma se explicaba por qué había dicho aquello con tanta contundencia.

-No creo que yo precisamente sea la más adecuada para hablar con ella.-aclaró al cabo de unos segundos.-Recordad quién es mi hermano. Y si le tiene tanta manía es caso de que me eche de donde quiera que esté a patadas.

-Bueno, pero eso no tiene nada que ver…-intentó argumentar Gwen.-Somos sus amigas y…

-La última vez que la vimos… No sé.-contestó ella.-No me dio la sensación de que se alegrara de verme. Insisto: no creo que le siente bien que vaya hasta donde está para fumar la pipa de la paz cuando ni siquiera ha habido guerra.

-Pues yo creo que sí que iré.-replicó Gwen convencida.-Iré a verla donde trabaja y hablaré con ella.

-Pues buena suerte.-dijo Mary sin poder ocultar una nota de escepticismo en su voz.

-Y si eso, depende de como veas el terreno, ya iré yo…-añadió Chris medio en serio y medio en broma.-Y ahora, Hall, suelta ese porro y no te adueñes de él, que ya llevas más de cinco caladas.

-Uy, vale…-rió su amiga junto con Gwen.-No te hacía yo tan posesiva…

-Con estas cosas no se juegan.-le contestó Christine divertida sacándole la lengua.-Ale, pásamelo, acaparadora. Y eso que no querías…

Y casi como si alguien les hubiera ordenado que acabaran con la seriedad del momento, las tres amigas continuaron fumando y riendo, olvidándose por unos instantes de todos sus problemas.

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Gwen agarró aire antes de entrar en el pub. Aún recordaba la llamada que horas antes le había hecho a Christine y la sorpresa de su amiga al ver que lo de ir a buscar a Penny a su trabajo no iba en broma. No obstante, la chica no había tenido ningún inconveniente en decirle el lugar en donde Penny trabajaba (al parecer lo sabía gracias a su hermano) y se había limitado a desearle buena suerte antes de colgar. Y en aquellos momentos, allí estaba ella, a punto de abrir la puerta del pub e intentar entablar una conversación con la que hasta el momento había sido su amiga.

Lo primero de lo que se percató al entrar fue de la música de Bob Dylan. Sonrió. Aquello, sin duda, era obra de Penny. Después, miró hacia el interior del local, hacia la barra. No le costó distinguirla allí, mientras ordenaba botellas en uno de los estantes ante la ausencia de clientes, cosa que seguramente se debía a las horas tan tempranas que eran. Sonriendo más para sí misma que para nadie, Gwen se encaminó con paso firme hacia donde estaba Penny.

-Hola.-saludó a la vez que se sentaba en uno de los taburetes que había ante la barra.

Penny se volvió hacia ella, sorprendida quizá porque ni siquiera la había escuchado entrar. Cuando la reconoció, se quedó mirándola, aún más atónita que antes.

-Gwen…-masculló.-¿Qué haces aquí?

-Venir a verte.-le respondió ella risueña.

-Estoy trabajando.-le contestó Penny secamente.

Gwen sonrió todavía más. Estaba advertida por Mary de que aquello tal vez no iba a ser fácil, pero ella no iba a rendirse tan fácilmente. Al fin y al cabo ella no tenía ningún problema con Penny.

-Lo sé.-dijo.-Pero bueno, ahora no tienes clientes, ¿verdad?

-Pero podría tenerlos.-le replicó Penny con hostilidad.-Por cierto… ¿Cómo sabías que trabajaba aquí?

-Chris me lo dijo.-respondió Gwen de manera espontánea.

-¿Chris? Supongo que su hermano le habrá ido con el cuento…-dijo Penny entre dientes.

Gwen la miró un poco sorprendida, pero aun así decidió seguir en su empeño.

-Bueno, no sé, la cuestión era que lo sabía.-sonrió al cabo de unos segundos.-¿Cómo estás?

La mirada que le dedicó Penny hizo que a Gwen se le helara la sangre en las venas. Sabía que acababa de meter la pata, aunque no sabía qué había hecho mal exactamente.

-¿Cómo estoy?-repitió Penny al cabo de unos segundos, indignada.-¿Por qué coño siempre me preguntáis lo mismo cuando conocéis la respuesta?

-Bueno, yo no quería…-intentó disculparse Gwen.

-Sí, ya. Por supuesto que tú no querías.-dijo Penny cruzándose de brazos, molesta.-¿Quién te manda, Gwen?

-¿Qué?-se extrañó ella, que no entendía para nada a qué venía aquella pregunta.

-Que quién te manda.-insistió Penny.-¿Te manda George por parte de Paul? ¿O quizá es Mary que aún sigue molesta por lo de su boda? O puede que Chris para después contárselo enseguida a su hermano o a John… ¿Qué es lo que quieren saber? ¿Dónde vivo ahora? ¿Qué es de mi vida?

-Penny, mira, te aseguro que te estás equivocando… Yo no…-balbuceó Gwen sin salir de su asombro.-No me manda nadie. Sólo he venido porque estaba preocupada por ti y quería hablar conmigo, nada más.

-Pues no hace falta que te preocupes tanto.-le espetó Penny.-Si quisiera vuestra ayuda os la pediría, pero por ahora ni la necesito ni la quiero. Así que si no quieres nada más, te agradecería que me dejaras trabajar en paz.

Gwen le dedicó una mirada suplicante. Estuvo a punto de replicarle, de insistirle, pero en el último momento decidió dar marcha atrás. Estaba claro que Penny quería alejarse de ellos, que su visita no había sido grata en absoluto, así que lo mejor sería irse de allí y, como decía, dejarla trabajar en paz.

-De acuerdo.-dijo al fin sin poder evitar la decepción en su voz.-Me voy si eso es lo que quieres. Que te vaya bien, Penny.

-Gracias.-le respondió ella.

Gwen le lanzó una última mirada y se puso en pie. Después, con pasos rápidos, volvió a dirigirse hacia la puerta del local y salió de allí. Suspiró apesadumbrada. Definitivamente, el ir hasta allí no había sido en absoluto una buena idea.

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Parecía increíble que el tiempo pasara tan rápido. Y es que, casi sin darse cuenta, ya estaban haciendo planes para Navidad. Lo cierto era que los planes de John y ella no eran nada del otro mundo. Simplemente se limitarían a pasar juntos los festivos en los que John no iría al estudio, ciñéndose siempre a las fechas en las que Julian iba a estar con ellos y hacerle por lo menos una visita rápida a Mimi en Sandbanks. A Chris aquel plan no le molestaba en absoluto aunque, para qué negarlo, todo aquello la ponía tremendamente nostálgica. Por muy bien que estuviera al lado de John, aquellas iban a ser las primeras Navidades que pasaría sin ver a su familia y sin tan siquiera ir a Liverpool. Además, aquellas fechas le traían muy malos recuerdos. Aún recordaba con una claridad meridiana todo lo ocurrido las Navidades pasadas, cuando su padre, después de enterarse de que John y ella estaban juntos, la había echado de casa y había dejado de hablarle, una cosa que, por el momento no llevaba camino de solucionarse para nada.

Todavía con todas esas ideas rondándole por la cabeza, Christine se apartó de la ventana y se sentó en el sofá al lado de John, que leía el periódico ensimismado, como hacía siempre.

-¿Has visto lo que dice este maldito cabrón?

Chris miró a John sonriente. Le hacía gracia que pese a que pareciera enormemente concentrado, se hubiera percatado de que ella se había vuelto a sentar a su lado.

-¿Qué pasa?-preguntó mirando hacia la columna de opinión que John estaba señalando.

-Léelo tú misma.-le contestó él tendiéndole el periódico.

Chris agarró el diario temiendo encontrarse allí cualquier artículo poniendo a parir a John o al resto de los chicos. No obstante, cuando empezó a leer enseguida se dio cuenta de lo equivocada que estaba. Allí, ni más ni menos, había un artículo de opinión que hablaba sobre la Guerra del Vietnam. No le costó para nada ver enseguida por qué John había calificado al autor de aquello como “maldito cabrón”: aquel impresentable que se autoproclamaba un experto en relaciones internacionales estaba haciendo una defensa acérrima del intervencionismo estadounidense en el conflicto.

-Joder…-masculló sorprendida por lo que estaba leyendo.-¿Cómo se puede atrever a decir eso?

-Eso mismo digo yo. Seguro que es un estómago agradecido del sistema y se siente con la obligación de lamerle el culo a los Estados Unidos.

-Lo que más me sorprende es que un periódico com The Guardian publique esta mierda.-dijo Chris mirando hacia el periódico aún con cara de asombro.-Me parece flipante, la verdad.

-Porque Brian me mataría, porque si no contestaba a la mierda esa.-añadió John sin poder evitar sonar indignado.

Chris se quedó mirándolo durante unos instantes a la vez que una idea, fugaz pero potente, le cruzaba por la mente.

-¿A qué viene esa sonrisilla de niña mala?-preguntó John divertido mientras la miraba.

-A que…-empezó a decir ella.-Que quizá tú no puedas contestar a eso, pero nadie me impide que lo haga yo.

Nada más oír aquello, John esbozó una media sonrisa, satisfecho.

-Es una idea genial.-sonrió.-Venga, pequeña, desempolva los dotes de chica de prensa que adquiriste este verano y ponte a redactar ya una contestación que le tape la boca al gilipollas éste.

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Gwen estaba en la galería desde hacía un buen rato, colocando los objetos que debían exponerse en menos de dos semanas, cuando Yoko llegó.

-Hola.-le saludó ella escuetamente.

Yoko, como de costumbre, no le devolvió el saludo y simplemente se limitó a examinar lo que había estado haciendo Gwen en su ausencia.

-Esta escalera debería estar un poco más al centro.-dijo.

Gwen asintió a la vez que Yoko la recolocaba en el que según ella era el lugar adecuado y siguió con su tarea.

-¿Sabes?-preguntó Yoko de repente, rompiendo el silencio.-El otro día estuve en la librería y me quedé asombrada con lo que vi allí.

-¿Con qué?-preguntó Gwen intrigada.

-Con un par de libros que encontré.-respondió Yoko.-De tu amigo, John Lennon. No sabía que hubiera escrito nada.

Gwen se la quedó mirando durante unos instantes. Aquello no le hacía demasiada gracia. Desde que había empezado a colaborar con ella en esa exposición, la japonesa, siempre que podía, le sacaba el nombre de John en algún lugar. A veces evocando su primer encuentro en e Indica, a veces diciendo que había coincidido con él en otras exposiciones, otras diciendo que le parecía un tipo extraño. Y ahora, le salía con lo de los libros. Sin quererlo, se acordó de Christine. Al principio la había tomado por un poco paranoica cuando dijo que Yoko no le gustaba pero en aquellos momentos estaba empezando a considerar que quizá su amiga tuviera razón al desconfiar de ella.

-Ah, sí.-dijo al fin con desgana cuando vio que Yoko le lanzaba una mirada interrogativa por su tardanza a la hora de contestar.-Ha escrito dos.

-Sí, y el caso es que me parecieron muy interesantes.-continuó ella.-Parece inteligente.

-Sí. Están bien.-masculló Gwen secamente.

-Y tanto.-dijo Yoko.-Bueno. De todas maneras acuérdate de recordarle que venga a la inauguración de la exposición. Ya le enviaré yo una invitación, pero insístele. Me gustaría verlo.

Gwen no pudo reprimir una mueca de fastidio cuando escuchó aquello último. Seguramente, Yoko fue consciente de ello, pero no dijo nada al respecto. Ella, por su parte, continuó de nuevo haciendo lo que estaba haciendo con la cabeza puesta en otra parte. Al parecer, el interés de Yoko por John era bastante serio y, aquello, suponía un peligro evidente para su amiga. Además, estaba todo lo demás. Gwen no se sentía a gusto allí; la personalidad de Yoko era demasiado adusta como para que pudiera estarlo. En realidad, en un primer momento había pensado que trabajar como colaboradora sería diferente. Y es que estaba la mayor parte del tiempo sola, limitándose a poner cosas en los sitios que Yoko le indicaba y sin que ella ni siquiera le contara acerca del significado de la obra, o de los happenings que pretendía hacer con aquellos objetos. Podría decirse que, con todo, aquello le había decepcionado bastante.

Y fue entonces cuando Gwen tomó una determinación: debía dejar aquello ya. No le llenaba para nada y además, estaba aquella insana obsesión que Yoko había adquirido con John y, obviamente, Gwen se negaba a ser un puente de acercamiento entre los dos. Ya tenía la sensación de que se había excedido a la hora de darle la dirección de su casa y en esos momentos no le apetecía que la utilizaran aún más. Porque así era precisamente como se sentía: utilizada a más no poder.

-Oye, Yoko.-dijo de repente, casi sin pensarlo.-Debo hablar contigo.

La japonesa se volvió hacia ella dudosa, sin saber muy bien a qué venía aquella interrupción.

-No voy a poder seguir colaborando contigo.-continuó Gwen al ver que Yoko no pensaba decir nada, lanzando la noticia directa,a bocajarro.

-¿Y por qué?

-He estado haciendo un esfuerzo extra para venir aquí, pero no puedo rendir en todo.-contestó.-Espero que no te moleste.

-No. Claro que no.-dijo Yoko, aunque era evidente que a juzgar por su sonrisa estaba mintiendo.-No creí que aguantaras tanto.

Gwen hizo caso omiso a aquel comentario que evidentemente había lanzado para herirle y esbozó una sonrisilla inocente. Después, sin más, se dirigió hacia la percha que había al lado de la puerta y, a la vez que agarraba su chaqueta y su bolso, dijo:

-Ha sido un placer trabajar contigo, Yoko. George y yo intentaremos venir a la inauguración. Nos veremos ese día.

Y después, sin más, salió de allí luciendo una inmensa sonrisa en los labios.

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John corrió a descolgar el teléfono que sonaba insistente en el comedor.

-¿Sí?

-Hola John, soy Brian.

-¡Hola Eppie! ¿Qué? ¿Ya llamas para darnos trabajo?

-En realidad no te buscaba a ti…-le respondió el hombre en tono sombrío.-Más bien buscaba a Christine.

-¿A Christie?-se extrañó John.-¿Y para qué si puede saberse?

Brian soltó un suspiro antes de contestar, cosa que aún hizo que John se intrigara aún más.

-Vale, John, veamos.-dijo Brian finalmente.-The Guardian, en la edición de ayer. Publicaron la respuesta que tu novia había enviado a uno de los columnistas habituales del diario.

-Ah, sí…-rió John.-No me digas que vas a meterle un sermón… Si es para eso, no te la paso.

-Pues no le metí el sermón ayer cuando salió publicado porque no me he enterado hasta hoy.-le contestó Brian.-Pero creo que después de lo que acaba de ocurrir, más que meterle un sermón debería de darle la enhorabuena.

-Oye, Eppie…-masculló John contrariado.-No tengo ni puta idea de lo que estás diciendo, así que haz el favor de explicarme las cosas.

-Verás John, acabo de recibir una llamada del director del periódico preguntando por ella.-le aclaró Brian.-Al parecer desde que apareció su respuesta publicada tienen la redacción colapsada de cartas que dan su apoyo a Chris.  Encima, como firmó con su nombre real, la gente la ha identificado enseguida como tu pareja y la hermana de Paul, por lo que aún ha generado más expectación si cabe.

John soltó una risotada divertido a más no poder con lo que Brian le estaba contando. Además, para que negarlo, sentía hasta cierto orgullo por aquel hecho. La gente apoyaba sus ideas y aquello era bueno, más que bueno, genial.

-Si es que mi chica es muy locuaz cuando quiere.-bromeó.

-Espera, aún hay más.-le interrumpió Brian.-Para lo que realmente me ha llamado el director es para que me pusiera en contacto con ella y le diera un recado de su parte.

-¿Y qué es lo que quiere?

-Agárrate bien.-respondió Brian divertido.-Lo que quiere es ofrecerle un puesto como columnista habitual en el periódico.

-¿Qué?-casi exclamó John, que aún no había asimilado aquella noticia del todo.

-Como lo oyes.-rió Brian.-Al parecer esta vez sus jueguecitos le han dado buenos resultados. Venga, llámala y se lo digo.

-Un segundo.-respondió John dejando el auricular del teléfono sobre la mesa.-Ahora te la traigo.

John salió casi corriendo del comedor y se encaminó hacia su habitación, donde minutos antes se había dejado a Chris revolviendo el armario en busca de una chaqueta que no era capaz de encontrar por ningún sitio.

-Pequeña, te buscan al teléfono.-dijo luciendo una enorme sonrisa a la vez que se asomaba por la puerta.

-¿Quién es?-preguntó ella con cara de pocos amigos a la vez que seguía con su ardua tarea de sacar ropa del armario y amontonarla encima de la cama.

-Brian.-sonrió él.-Creo que tiene buenas noticias.

La chica paró momentáneamente con lo que estaba haciendo y se giró para mirarlo, extrañada.

-¿Buenas noticias? ¿Qué es?

-Algo relacionado con lo que ayer te publicaron en The Guardian.

-¿Sobre eso? ¿Pero qué…?

-No seas impaciente, ve al teléfono y verás.-sonrió él divertido por aquel juego de marear la perdiz ante ella.

La chica, intrigada, salió de la habitación y se fue al comedor. John la siguió de cerca, con las manos en los bolsillos y sonriendo. Cuando ella entró en el comedor, él se apoyó sobre e marco de la puerta y se encendió un cigarrillo, a la espera de ver la reacción de Chris cuando Brian le dijera aquello que le acababa de decir a él.

-Hola Brian.-saludó ella.-John me ha dicho… Ah… Sí, sí, claro que sí… ¿Qué? ¿Te ha llamado?... ¿Qué cómo?... ¿En serio?... ¡Joder!... ¡Pues claro que sí!

Cuando Christine colgó el teléfono, John no pudo reprimir una carcajada. Y es que, la cara de la chica era épica, digna de un cuadro.

-Enhorabuena, columnista.-sonrió John.

-¡Johnny!-exclamó ella loca de alegría a la vez que se abalanzaba sobre él y le daba un abrazo.-¡Me ofrecen un puesto!

-Sí, lo sé, lo sé…-rió él antes de plantarle un beso en los labios sin poder dejar de sonreír ni un solo segundo.

-¡Es genial!-exclamó ella riendo.-¡Jamás pensé que…!

-Pero así ha sido.-sonrió él.-Parece que estás de suerte. ¿Qué te ha dicho?

-Que si me interesa me presente esta tarde en la redacción.-contestó ella luciendo una enorme sonrisa en la cara.-Y que me dirán ya todo lo que tengo que hacer para empezar cuanto antes.

-¡Genial!-exclamó él contento.-Me alegro mucho por ti. Te lo mereces.

Y antes incluso de que a ella le diera tiempo tan siquiera a contestar, John selló sus labios con un intenso beso.  Y es que, noticias como aquella, merecían ser celebradas por todo lo alto.




Bueno chicas! Aquí yo después de mil años! LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO! Llevo dos semanas sin actualizar (en realidad un poco más) y la verdad es que no tengo excusa ninguna. Simplemente es que estaba como muy vaga, no tenía ganas de ponerme a escribir. Y si a eso le unes que he estado en plan lector devoralibros que enganchan, pues os podéis imaginar… Lo único que me sabe mal es que después de la espera, os haya dado este capi tan flojillo. Pero bueno, era necesario ponerlo y dentro de la mierdecilla que es, espero que no os haya desagradado del todo. Infinitas gracias de nuevo a mis “comentaristas” (me mola esta palabra, jejeje) de siempre (mi Mary particular, la Citla de mi vida, Viridiana y mi Anónimo del alma)  y a tod@s los que estáis ahí leyendo por placer esta cosa ;)
Y bueno, después de la espera, creo que os debo una primicia sobre el otro capi… Chicas, chicos, niños y niñas: id preparando vuestras mejores galas porque nos vamos de boda, jajaja.

Muchas gracias por estar ahí y cientos de besos! Muaaaaaaak!

miércoles, 17 de octubre de 2012

Capítulo 64: Malpensadas

La conversación que acababa de tener por teléfono con su hermana le había puesto de los nervios. Vale, no esperaba que Chris aguantara pacientemente todo su sermón sobre que estaba tirando su vida por la borda, pero tampoco había esperado aquella actitud. No obstante, lo que más le había dolido sin ningún género de dudas había sido su comentario final, el que le había hecho cuando Chris prácticamente le había reconocido que tomaba LSD con John, aquel "he probado algo que una nenaza como tú ni siquiera se atreve a probar".  Y aquello era completamente cierto. Sólo cuando había muerto Alice, Paul hubiera tomado ácido de buena gana pero, en sus condiciones, John se había negado a darle. Después, cuando ya lo había medio superado todo, los miedos de Paul respecto a aquella droga habían vuelto casi con más fuerza que antes. Y es que temía con todas sus fuerzas a tener uno de aquellos famosos "malos viajes", a quedar paranoico perdido después, a ver cosas que no quería ver cuando estaba en medio de un viaje que duraba cerca de 12 horas. ¿Era una nenaza por aquello? Quizá sí, teniendo en cuenta que ya hasta su hermana pequela lo había probarlo e incluso lo consumía con cierta frecuencia.

Pese a todo eso, no obstante, Paul continuaba sumamente preocupado por Christine. Ya no eran sólo el ácido o la marihuana o las continuas fiestas que se pegaba junto con John. No, no era sólo eso. Lo peor era que veía como Chris estaba renunciando a su propia vida en pos de la vida de John y él no podía hacer nada por evitarlo. Aquello lo enfurecía. Le enfurecía hasta tal punto que tenía la sensación de estar empezando a odiar al que hasta hacía poco había sido su mejor amigo, un amigo al que tenía la sensación de que estaba comenzando a perder.

Con todos estos pensamientos en la cabeza, Paul ató a Martha y salió a la calle. Necesitaba que le diera un poco el aire: quizás así se despejara un poco y todas aquellas lúgubres imágenes que tenía en su mente se evaporaban como si nada. Afortunadamente, no había ninguna fan apostada en la puerta de su casa. Paul miró el reloj: era casi la una de la madrugada y hacía frío, por lo que era normal que ya todas prefirieran estar en sus casas. Mejor, así, por lo menos, podría pensar mejor y no tener que poner una sonrisa forzada ante las chicas.

El frío de la madrugada londinense le golpeó en la cara nada más salir de casa. Era un frío húmedo, cortante, de esos que te escuecen en la piel nada más lo sientes. Pero, obviamente, eso a Paul no le importaba para nada. Es más, ni siquiera se percató de la baja temperatura obcecado como estaba en sus propios pensamientos. Enfiló calle arriba, con Martha aún atada a la correa, caminando rápidamente. Casi sin darse cuenta, se encontró en la avenida principal de la zona, la paralela a Abbey Road. De cuando en cuando, un coche pasaba por la carretera rompiendo el silencio de la noche. Por lo demás, nadie más parecía haber tenido la idea de Paul de salir a dar un paseo nocturno.

Fue precisamente por la soledad de la calle por lo que Paul se percató enseguida del ruido de aquellos pasos, rápidos y decididos, yendo en dirección a él. Curioso, levantó la cabeza y miró al frente para ver quién era el loco que, como él, estaba fuera con aquel frío y a aquellas horas.

-Oh, joder...-fue lo único que pudo mascullar Paul entre dientes cuando reconoció, a pocos metros de distancia de él, la inconfundible silueta de Penny.

Al igual que él, la chica levantó la cabeza, quizás también sorprendida por encontrarse a alguien en la calle, y lo miró. Inmediatamente, paró de caminar y se quedó plantada en la acera sin quitarle la vista de encima.

Pensando rápidamente en cómo debía actuar ante aquel repentino encuentro inesperado, Paul decidió reanudar su marcha sin desviarse ni un ápice de su camino. Y es que, pese a que Penny estuviera justo frente a él y aquello supusiera empezar a caminar directamente en su dirección, a Paul le parecía absurdo el cambiar de acera o el darse media vuelta. ¿Qué sentido tenía? Absolutamente ninguno. No había nadie por la calle y cualquier cosa que hiciera por evitar pasar por su lado sería tan evidente que sería vergonzoso. Así pues, el chico, dándole un pequeño tirón a Martha para que reiniciara su marcha, empezó a caminar hacia allí y con la cabeza muy alta, en dirección a Penny, que seguía allí plantada mirándole y sin saber qué hacer.

Cuando llegó a la altura de la chica, Paul redujo la marcha casi de manera inconsciente. Y es que, pese a que intentara hacerse el duro, en realidad aquella situación le ponía extremadamente tenso. Se volvió hacia ella y la miró. Ella hizo lo mismo. Los dos estuvieron así durante unas milésimas de segundo que a Paul se le hicieron eternas, escrutándose, tal vez algo recelosos el uno del otro. Dudó por unos instantes en si debía detenerse definitivamente y decirle algo o no, pero, en aquel preciso instante, la mirada de Penny aún se volvió más glacial de lo que lo estaba. No, definitivamente el pararse y hablarle no era en absoluto una buena idea si no quería que otra vez le trataran como a un trapo (quizá con razón) y le hicieran otro desplante. La mirada de Penny no dejaba lugar a dudas: parecía estar gritándole "desaparece de mi vista lo antes posible". Así pues, moviendo levemente la cabeza, nervioso, Paul le lanzó una última mirada y volvió a reanudar el ritmo de su marcha, rápido, deseando librarse de aquella situación lo más pronto posible.

Sólo cuando estuvo lo suficientemente alejado de la chica, Paul se paró y se volvió hacia atrás. Penny había desaparecido ya calle abajo. Suspiró. Aquella había sido la primera vez que se había cruzado con ella y no se habían ni tan siquiera dirigido la palabra.

*************************************

Gwen miró nerviosa hacia aquel bloque de apartamentos. Parecían bonitos y espaciosos, incluso podría decirse que lujosos, pero tenían un grave inconveniente: las vías del tren pasaban justo por detrás de la finca. Lo cierto es que debía de ser un verdadero fastidio vivir continuamente con el ruido de los trenes al pasar de fondo. Volvió a mirar la carta, que tenía meticulosamente doblada en su bolsillo, y comprobó que, efectivamente, aquella era la dirección correcta. Después, buscó el número del timbre que indicaba la hoja y llamó con la mano temblorosa.

-¿Quién es?-contestó de repente una voz de mujer a través del portero automático.

Gwen apenas pudo reprimir un saltito de sorpresa. Aún no hacía ni dos segundos que había llamado y ya habían atendido.

-Soy Gwen Montrose.-respondió la chica cuando hubo reaccionado.-Me había citado aquí...

-Sube.-la cortó la mujer antes de abrirle la puerta.

A Gwen le dio el tiempo justo para empujar el portón de madera antes de que quitaran el dedo del pulsador y empezó a subir los peldaños de la escalera que había ante ella. Había ascensor, pero en aquellos momentos la chica prefería caminar. Al fin y al cabo, sólo tenía que subir hasta un segundo piso y así, al menos, podría rebajar un poco el nerviosismo que sentía. Llegó al segundo con la respiración agitada y preguntándose a sí misma si no había sido una mala idea el no subir en ascensor, pero apenas le dio tiempo a plantearse nada más antes de ver a allí a Yoko, plantada ante una e las puertas, escrutándola, como había hecho en sus encuentros anteriores, con seriedad. Aquello ponía a Gwen de los nervios, pero parecía que era inherente a la personalidad de la japonesa. Por lo visto, no le quedaba otra que empezar a acostumbrarse a eso.

-Hola, buenos días-la saludó Gwen cuando llegó hasta donde estaba Yoko.

-Hola-le contestó, seca, la mujer.-Llegas un cuarto de hora tarde, pero pasa.

-Es que no encontraba la calle...-se excusó la chica sintiendo como los colores se le subían a la cara.

-Da igual, pasa.

Sin mediar ni una sola palabra más, Gwen la siguió hacia el interior del piso, más concretamente hacia lo que parecía ser el salón, pese a que prácticamente no hubiera ningún mueble que le permitiera asegurar aquello a ciencia cierta. Yoko se dejó caer sobre unos cojines que había en el suelo y Gwen, por inercia, hizo lo mismo pese a que nadie la hubiera invitado a sentarse. Antes de que ninguna de las dos dijera nada, la chica aprovechó para echar un vistazo a todo aquello: todo, absolutamente todo, era de un riguroso color blanco, incluidos los cojines sobre los que estaban sentadas, y los muebles eran casi inexistentes. Sólo una pequeña muñeca, tirada en medio de la estancia, parecía romper con todo aquello. Por lo demás, a Gwen le daba la sensación de que acababa de entrar en una galería de arte contemporáneo justo antes de montar una exposición.

-Es de Kyoko, mi hija.-dijo de repente Yoko rompiendo el silencio. Gwen la miró, sorprendida.-La muñeca, digo. He visto que la mirabas.

-Ah...-masculló ella.-¿Tienes una hija?

-Sí. Está con los vecinos ahora mismo.-respondió Yoko.-Pero no vamos a hablar de eso ahora, ¿no? Dime... ¿has considerado mi propuesta?

-Sí, lo he hecho.-contestó Gwen fuera de lugar por lo directa que había sido la pregunta.

-¿Y aceptas ayudarme en mi siguiente exposición?

-Bien... Suponía que antes me contarías en qué consiste y todo eso, pero... Sí, acepto.

-Perfecto.-dijo Yoko.-Ya te contaré la idea más adelante, aunque por lo pronto quiero que me ayudes ya a hacer algo.

-¿El qué?-quiso saber Gwen. empezando a entusiasmarse sólo con la idea de colaborar en todo aquello.

-Verás...-Cuando estaba en Nueva York conocía a mucha gente, pero aquí no es así. Acabo de llegar y es normal, aunque también es verdad que aquí en Londres la gente está un poco más cerrada a las nuevas tendencias.-explicó Yoko.-Cuando exponía en Estados Unidos, solía mandar antes una especie de invitaciones a la gente del mundo del arte y del espectáculo, así e aseguraba que el día de la inauguración hubiera bastante gente interesada e interesante viendo la exposición.

-Entiendo...

-Como podrás comprender. en Londres no puedo hacer eso.-continuó.-Aquí conozco a muy poca gente, aunque me gustaría hacerlo. Y para eso precisamente había contado contigo... Sé que estás con el chico ése, George Harrison, el de los Beatles, y creo que puedes conocer a muchos contactos...

-¿Me estás proponiendo que envíe yo esas invitaciones a la gente que conozco?-le interrumpió Gwen, a la que aquella propuesta la ponía un poco mosca. Lo cierto era que se sentía un poco herida porque Yoko no había contado con ella por su valor como artista sino porque era la pareja de George.

-No exactamente.-respondió.-No quiero que envíes nada, sólo que me des las direcciones de la gente que tú creas que puede estar interesada.

-No conozco las direcciones de esa gente.-le replicó Gwen.-Los conozco de algunas cosas en las que hemos coincidido, pero nada más. De las únicas personas de las que tengo la dirección es de las que pertenecen al círculo íntimo de George y mío.

-Donde supongo que estarán los demás Beatles...

-Supones bien.

-Bien, con eso me basta.-contestó Yoko haciendo una cosa muy inusual en ella: esbozar una sonrisa.-He visto la expectación que generan esos chicos y veo que todo lo que hacen se convierte en tendencia. Si ellos vienen a la exposición, los demás llegarán por su cuenta... Pero bueno, no vayas a creer que es sólo por eso por lo que te he llamado... Espero que tu colaboración vaya mucho más allá que darme unas direcciones postales. Me han hablado muy bien de ti, además de que pareces muy interesada en el arte conceptual.

-Lo estoy.-dijo Gwen, que después de oír aquello último inevitablemente se había relajado. Al menos Yoko no la veía sólo como a un cebo para atraer a la "gente guapa" de Londres a su exposición.

-Bien.. Sabes que me gusta contar con estudiantes de Bellas Artes para que me ayuden a montar mis exposiciones. Creo que tú serías la persona ideal para ayudarme con lo que ahora tengo en mente.

-¿Y de que se trata esta vez?

-Presta atención... Te lo explicaré.

*********************************

El encuentro con Paul de la noche anterior la había mantenido en vela prácticamente toda la noche. No había podido pegar ojo pensando en aquello, en como la había mirado y, sobre todo, en como finalmente había pasado por su lado sin decirle absolutamente nada. Aquello, para qué negarlo, la desconcertaba y la enfurecía a partes iguales. ¿Es que ni siquiera se merecía un mísero saludo por su parte? Vale, reconocía que quizá ella tampoco le hubiera respondido bien si le hubiera dicho algo, pero aun así...

En realidad, el hecho de que Paul hubiera pasado prácticamente del acoso a ignorarla por completo, le había caído encima como un cubo de agua fría. Y es que aquella indiferencia la hería infinitamente más que cualquier cruce de palabras subido de tono que pudiera tener con él. Continuaba creyendo que Paul le debía una inmensa disculpa, que debía hacer algo para compensar el daño que le había hecho enrollándose con aquella puta detrás delante de sus narices, pero, al parecer, él no pensaba igual. Era como, si de repente, Paul hubiera decidido que ya le había dicho "lo siento" las veces suficientes y no pensara mover ni un dedo para que ella le perdonara. Y, a ojos de Penny, Paul McCartney ni muchísimo menos le había dicho aquello lo suficiente ni se había esforzado todo lo que debiera para redimirse.

Pensando en todo esto, Penny se levantó de la cama de repente, furiosa, y se encaminó hacia la cocina. Después de prepararse un té bien caliente, la chica agarró su taza y se dirigió al comedor. Todavía pensativa, se dejó caer sobre el sofá ante la mirada atenta de Bonnie y empezó a beberse su té a pequeños sorbos, intentando no quemarse. Fue entonces cuando, de repente, lo vio allí, tirado en el suelo, junto a la pata de la mesa. Penny miró el sobre que había recibido el día antes, el mismo que contenía la invitación para la boda de Mary y Ringo, y, sin poder evitarlo, empezó a notar como la sangre le ardía en las venas. Y es que, sólo la simple idea de que aquellos dos fueran a casarse como se suponía que hacían las parejitas felices, sólo con imaginarse que tendría que cruzarse nada más ni nada menos que con el imbécil de Paul ese día, la ponía enferma. De este modo, dejó su té a medio terminar sobre la mesa y, sin pensárselo dos veces, descolgó el teléfono. Sí, lo mejor sería llamar a Mary y decirle que no pensaba ir a la boda. Y en aquellos momentos le daba igual si se ofendía con ella.

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Apenas acababa de regresar de la universidad, cuando el teléfono comenzó a sonar de manera insistente. Como ya era habitual, la asistenta de Ringo fue la que respondió pero, casi en el acto, la mujer asomó la cabeza por la puerta del salón y la miró mientras sostenía el auricular del teléfono en la mano.

-Es para usted, señorita Hall.-le dijo la mujer.

-Está bien.-sonrió ella mientras colgaba su abrigo en la percha que había al lado de la puerta de entrada.-Ahora voy.

Cuando acabó,  la chica se dirigió hacia el salón y, después de de dedicarle un escueto "gracias" a la asistenta, atendió al teléfono.

-¿Sí?

-Hola Mary.-contestó una voz femenina al otro lado del aparato.-Soy Penny.

-¡Hola! ¿Qué tal?

-Bien... Bueno...-titubeó la chica. Mary frunció el ceño a la vez que Penny soltaba un fuerte suspiro.-Verás... Llamaba para decirte algo.

-¿Hay algún problema con el piso?

-No, no. NO es eso.-respondió Penny.-Es por la boda.

-¿La boda?

-Sí.-Penny hizo una pequeña pausa para agarrar aire.-No voy a ir a la boda. No quiero ir.

-Pero...-empezó a decir Mary sin caber en sí del asombro. Lo cierto era que no se había esperado para nada que el motivo de la llamada fuera ése.-¿Ocurre algo para que no quieras venir?

Penny soltó una risita que a Mary se le antojó indignada al otro lado del teléfono.

-¿Quieres que te explique qué ocurre?-preguntó.-¿Acaso crees que va a ser para mí plato de buen gusto el tener que encontrarme allí a Paul? Además, su te soy sincera, sé que no debería decírtelo pero no puedo evitarlo, lo último que me apetece hacer en este mundo en estos instantes es ir a una boda donde la parejita feliz de turno se casa.

-Bueno...-masculló Mary, que en aquellos momentos estaba absolutamente desconcertada.-Qui´za pueda entenderte, ero entiende que si te he invitado ha sido con toda la buena intención del mundo. Te considero una amiga y la verdad es que pensé que sería bonito que estuvieras ese día con nosotros...

-¿Bonito?-repitió Penny con un deje de indignación en su voz.-¿Bonito el restregarme por la cara lo felices que sois todos menos yo?

Cuando Mary escuchó aquello último, su sorpresa inicial se convirtió en rabia en cuestión de pocos segundos. ¿A qué venía todo aquello? Ella la había invitado con toda su buena fe, nunca para recordarle que era una infeliz ni nada por el estilo y, la verdad, era que le dolía, mucho, que Penny pensara eso de ella.

-Oye, mira...-le cortó secamente cuando pudo reaccionar.-Si no querías venir sólo bastaba con que me lo dijeras y punto. Creo que todo esto sobra.

-También sobraba el hecho de que me invitaras a esa boda.-le contestó Penny resaltando las dos últimas palabras con desprecio.-Jamás debiste haberlo hecho. ¿A qué venía eso?

-¿Que a qué venía? ¡He invitado a todos mis amigos y tú estabas incluida en ellos!

-¿De veras?-inquirió Penny.-Mira, Mary, eso de los amigos es una chorrada. ¿Sabes? Los amigos no existen, el mundo es así de cruel. Lo único que hacen esos amigos de los que hablas es decepcionarte, nada más.

-¿Pero a qué viene esto ahora?-preguntó ella notando como la mano que sostenía el auricular del teléfono comenzaba a temblarle de pura rabia.-¡Por supuesto que los amigos existen y hacen mucho más que decepcionarte! Siento que tú pienses eso de los que alguna vez nos consideramos tus amigos, lo siento de veras, pero, que yo sepa, yo no he hecho nada para decepcionarte o hacerte sentir mal.

Vuelves a equivocarte, Mary.-le cortó Penny.-Creo que en realidad jamás fui una amiga para vosotros. Nunca llegué a encajar en el grupo que Gwen, Chris y tú teníais formado porque yo era diferente, no tenía nada que ver con vosotras.

-¡Por supuesto que encajaste! Es más, te llevas estupendamente con Chris y...

-Con Chris dudo mucho que me vuelva a llevar bien. La última vez que nos vimos fue todo muy raro y es normal. A fin y al cabo no creo que quiera saber nada de mí. Es la hermana de Paul y la novia de John, con el jamás me he llevado bien. Y por lo que dices de que sí que encajé, lo cierto es que no... La verdad es que creo que a ninguna de las tres os caía bien en realidad.

-Sí que me caías bien.-le cortó Mary haciendo hincapié en la palabra "caías". Era evidente que en esos momentos, Mary había dejado de pensar aquello.

-No creo.-insistió Penny.-Bueno, era eso. No iré a la boda.

-Creo que eso me ha quedado lo suficientemente claro.

-Y...-empezó a decir Penny.-...creo que lo más conveniente sería que me alejara de vosotros lo máximo posible.-dicho esto, hizo una breve pausa para tomar aire.-Y creo que eso incluye el hecho de que no deba vivir más aquí, en Montagu Square. Al fin y al cabo es vuestro piso y supone un vínculo.

Sin apenas dar crédito a lo que acababa de escuchar, Mary lanzó un suspiro, pensando en todo. Que la colgaran allí mismo si entendía algo de todo aquel sinsentido. Después, armándose de valor para pronunciar las palabras que iba a pronunciar, dijo:

-Como quieras, Penny. Si crees que es conveniente que dejes de vivir allí porque eso supone una ligadura hacia gente con la que ya no te quieres saber nada, hazlo.

Un extraño silencio se hizo al otro lado de la línea. Mary frunció el ceño. ¿Acaso había colgado?

-De acuerdo.-rompió de repente Penny el silencio.-Tan pronto como encuentre otro sitio en el que vivir, me iré de aquí.

-Muy bien.-convino Mary.-Se lo diré a Richard. Pero no tengas prisas. Tómate tu tiempo a la hora de buscar nueva casa.

-Tranquila. En dos semanas como mucho habré abandonado el piso. Adiós.

-Adiós.

Y el ruido del teléfono al colgarse resonó en los oídos de Mary. La chica volvió a dejar el auricular en su sitio con una extraña mezcla de tristeza y enfado, con Penny y consigo misma, y salió del salón dispuesta a ir y a contarle a Ringo todo lo que acababa de ocurrir, intentando contener las lágrimas. No pudo. Aquello que acababa de ocurrir le dolía, y mucho. Y es que, Mary Hall era una de esas personas que prefería ganar amigos con el tiempo en lugar de perderlos. Lo malo era que en aquel caso no había podido hacer nada por evitarlo.

******************************************

John metió la llave en la cerradura de la puerta y abrió. Estaba realmente cansado pero, a la vez, inmensamente satisfecho. Eran casi las cinco de la madrugada y acababa de regresar de los estudios de Abbey Road. Había presentado a los chicos y a George Martin su último tema, Strawberry Fields Forever, y la verdad  era que a todos les había encantado. No gustado, como la mayoría de ocasiones en las que presentaba algo nuevo al resto, no. Esta vez los había encandilado con aquello. La prueba de ello estaba en la febril sesión de trabajo que habían tenido después, intentando darle el cuerpo definitivo a aquella canción. Habíasido fabuloso: George Martin estaba eufórico; Paul se había puesto delante del Mellotro y no se había levantado de allí hasta que había conseguido sacar algo decente con lo que, según él, encabezar la canción;  Ringo se había puesto como un loco a recubrir su batería con paños y toallas para darle un sonido seco a la percusión; y George, por su parte, se había aislado en un rincón del estudio para tocar acordes descendentes que pudieran encajar en el tema con su guitarra slide. Y, como no, al final de aquellas casi diez horas de trabajo, habían acabado grabando lo que era una primera versión en estudio de aquella canción que, sin quererlo, ya se había convertido para él en una de las más especiales que había compuesto nunca.

Recordando todo esto, John entró en la habitación con cuidado de no hacer ruido y encendió la luz. Lo que vio allí le arrancó, de nuevo, otra sonrisa. Y es que allí, durmiendo como dos troncos, estaban Chris y Julian. Era viernes y los dos se habían quedado en casa viendo una película cuando John había partido hacia el estudio. Por lo visto, el pequeño Julian no había tenido suficiente con cenar y ver una peli con Chris sino que, asemás, había decidido dormir con ella y arrebatarle el puesto a su padre. Justo en ese momento, la chica se revolvió en la cama. Era evidente que la luz la había despertado.

-John...-masculló con la voz pastosa cuando abrió los ojos y lo vio.-¿Qué hora es?

-Las cinco menos diez.

-Joder...-sonrió ella.-¿Sesión intensiva?

-A tope.-le contestó él devolviéndole la sonrisa y sentándose en el borde de la cama, a su lado.-He presentado Strawberry Fields a los chicos.

-¿Y qué tal?

-Les ha encantado. Hemos estado trabajando en ella hasta ahora y ya hemos grabado una primera toma.

-Te dije que les gustaría... Esa canción tiene algo.

John esbozó una sonrisa y se inclinó para darle un beso en el pelo.

-La que tiene algo en la cama eres tú, pequeña.-bromeó mirando hacia Julian.-No me puedo descuidar, ¿eh? A la mínima que me doy la vuelta y ya te metes a otro en la cama.

Chris soltó una risita divertida.

-Ha llovido y el pobre tenía miedo de la tormenta.-contestó ella pasándole la mano por el pelo al niño, que dormía plácidamente a su lado ajeno a su conversación.

-Es un miedica.

-Igual se parece al padre.-bromeó ella.

-Puede ser.-sonrió él.-Anda, boba, déjame un sitio.

La chica se hizo a un lado mientras John se desvestía. Después, se metió en la cama junto a ella y la abrazó después de darle un beso a Julian, algo que, por cierto, había hecho muy pocas veces en su vida.

-Buenas noches, monstruo.

-Buenas noches, pequeña.-le dijo John.-Te quiero.

-Y yo a ti.

Y, dicho esto, John cerró los ojos, feliz. Todo parecía ir sobre ruedas. Ojalá que aquello no cambiara nunca.

***********************************

En lugar de irse a casa cuando habían salido del estudio, Paul se había marchado con su amigo Tara Browne. Lo apreciaba muchísimo y en ese último año se habían convertido en casi inseparables. En realidad, pese a que venían de sitios muy distintos, los dos se parecían muchísimo entre sí: los dos eran jóvenes, ricos, afortunados en prácticamente todo y estaban interesados por las mismas cosas.

-Entonces dices que habéis trabajado en la nueva canción de John...-dijo Tara antes de darle un aprofunda calada a su porro.

-Si. Ha estado bien.-respondió Paul.-La verdad es que tenía muchísimas ganas de de volver a meterme en el estudio y hacer algo productivo.

-Más bien creo que lo necesitabas.-dijo Tara esbozando una sonrisilla.-Últimamente te veía un poco... no sé... ido.

-Bueno...-Ya sabes que no he pasado por la mejor etapa de mi vida.-suspiró Paul antes de volverse a encender de nuevo el porro que se le acababa de apagar.

-Ya... La chica ésa...-masculló su amigo.-Cuando volvisteis de Estados Unidos ya te dije que lo mejor era que la olvidaras. Tienes a millones de tías detrás de ti, ¿por qué ibas a estar amargándote por una que no te quiere ni ver?

-Sí, bueno. Al final ge conseguido verlo de ese modo, aunque he de reconocer que ha costado.

-Y tanto... ¿Te llegaste a enamorar realmente?

-No lo sé.-respondió Paul con sinceridad.-Llevaba poco tiempo con ella y la verdad, me atraía mucho lo diferente que era y todo eso...

-A eso no se le llama amor, se le llama curiosidad.-rió Tara.

-Puede que fuera curiosidad, sí.-convino Paul sonriente en parte por la broma de su amigo y en parte por los efectos que ya empezaba a surtir la marihuana.-Pero bueno, no hablemos más de toda esta mierda...

-¿Y de qué quieres que hablemos?

-De las musarañas suecas si hace falta, pero no de eso.

Tara no pudo evitar soltar una risotada al escuchar el comentario de Paul.

-Vale, hablemos de otra cosa...-dijo al fin.-¿Sabes lo que mierdas hice ayer?

-Sorpréndeme.

-Fui a ver a mi jodida familia estando de viaje.

-¿Ácido?-aquello hizo que Paul recordara repentinamente la discusión que había tenido con su hermana el día antes.

-Por supuesto que de ácido... ¿Qué iba a ser si no?-rió Tara.-Fue alucinante aunque quedó claro que algo me notaron. Pero en serio... No tienes ni puta idea de lo que es estar hablando con esos estirados y ver todo lleno de colores a su alrededor... ¡Me morí de la risa!

-Supongo que sí.-masculló Paul de mala gana.-Pero sólo lo supongo... Como sabes, nunca lo he probado.

-Ya lo sé.-asintió Tara.-Y si me permites, no entenderé nunca ese miedo tuyo al LSD. Joder, hay cosas muchísimo peores.

-Quizá el miedo a un mal viaje.

-Olvídate de los malos viajes, tío.-le animó su amigo.-Y únete ya. Todo el mundo ha probado el ácido. ¡Es de lo mejor!

-Puede que tengas razón....

-O sea, que te animas.-sonrió Tara.-Si quieres, tengo unas cuantas tabletas aquí... ¿Hace un viaje o qué?

Paul lo miró y dudó durante unos instantes, sopesando su respuesta. Por una parte, estaban sus miedos y, por otra el hecho de que todo el mundo ya jugara con el ácido como si tal cosa. Además, estaba también aquella insana curiosidad que le comía por dentro. Y entonces, las palabras de Christine llamándole nenaza resonaron de nuevo en su mente. Aquello lo envalentonó. ¿Y por qué no? Si hasta ella lo hacía, tampoco podía ser tan peligroso...

-De acuerdo.-dijo al fin sonriendo.-Probemos esa mierda a ver si es tan buena como dicen.

-Tan buena como se dice y mejor, Paul, ya lo verás...-respondió Tara.-Relájate y disfruta. Te aseguro que todo saldrá de puta madre.

Y, dicho esto, sacó de su bolsillo un par de tabletas de LSD. Paul lo miró. Ya no había vuelta atrás. Por fin iba a ser igual que todos.

**************************************

Los pocos días que quedaban de noviembre se pasaron como siempre y llegó diciembre, igual de frío y lluvioso que el mes anterior. Todo parecía ir igual que hasta el momento para Christine: seguía sin posar la universidad prácticamente para nada y las cosas con John parecían ir sobre ruedas. Y es que, pese a que en un primer momento había creído que vivir con él iba a ser bastante complicado, lo cierto era que no era así, más aún cuando los dos parecían compartir la misma sintonía y la misma visión de las cosas. Aquello, evidentemente, hacía las cosas muchísimo más fáciles.

No obstante, no todo era bonito para Christine, para nada. Había una cosa que la incomodaba muchísimo, una cosa que, por cierto, tenía nombre y apellido. Desde que Gwen había decidido colaborar con Yoko Ono en una de sus exposiciones, la japonesa había empezado a enviarle a John una serie de tarjetitas. Muchas veces, aquellas tarjetitas contenían una sola palabra, un par, a lo sumo, y otras veces, simplemente estaban en blanco. Al principio, había intentado no hacer demasiado caso a todo aquello; al fin y al  cabo los demás, incluidos Gwen y George, habían recibido sendas postales similares a las de John. Podría decirse que aquello no era más que simple campaña publicitaria para generar expectación entre los famosos Beatles y, así, atraer a más gente a su futura exposición; al menos, así se lo había explicado Gwen. No obstante, cuando los demás dejaron de recibir esas postales y John continuó recibiéndolas escrupulosamente cada semana, Chris empezó a mosquearse con todo aquel asunto. Casi automáticamente, reanudó sus antiguos recelos hacia aquella japonesa que sólo había visto una sola vez en toda su vida e, incluso, se había enfadado con Gwen por haberle proporcionado la dirección de John... Pero bueno. aquel enfado había durado muy poco, tanto que su amiga ni siquiera se llegó a percatar jamás de su disgusto. Y es que, a fin de cuentas, Gwen no debía nada de todo aquello.

Era miércoles por la mañana y Chris entró en la finca. Había quedado para desayunar con las chicas y lo más seguro era que John, que había permanecido en el estudio hasta altas horas de la madrugada el día anterior junto con los demás, aún estuviera durmiendo.

-¡Señorita McCartney!

La chica se volvió havia el portero y miró su mano. El hombre blandía un sobre, pequeño y blando, asquerosamente familiar para ella. Sin poder evitarlo, Chris esbozó una mueca de disgusto.

-Correo para el señor Lennon.-dijo el portero.-¿Se lo da usted?

-Sí, descuide.-le contestó ella haciendo un monumental esfuerzo por esbozar una sonrisilla falsa a la vez que agarraba el sobre.

-Gracias.

Después de decirle un escueto "de nada", la chica subió el pequeño tramo de escaleras que tenía para llegar a su casa y entró en el piso, sin quitarle los ojos de encima a aquel sobrecito. Estaba dudando entre si romperlo y tirarlo al cubo de la basura o no cuando, de repente, John se asomó por la puerta de la habitación.

-Buenos días, peque.

-Buenos días, Johnny.-dijo ella intentando esbozar la misma sonrisilla forzada que había dibujado ante el portero.

No obstante, aquello no funcionó con John, que se ajustó las gafas y la miró interrogante.

-¿Ocurre algo?-quiso saber mientras se acercaba hacia ella preocupado.

Christine suspiró. Era obvio que ocultar su preocupación delante de él no iba a funcionar, así que lo mejor, sin lugar a dudas, sería ser, como siempre, sincera con él.

-Nada. Ha llegado otra carta para ti.-dijo al fin tendiéndole el sobre que aún tenía en la mano.-Como siempre, viene sin remitente, pero supongo que debe ser de Yoko Ono.

John agarrí el sobre en silencio, con una expresión sombría en su cara. Lo rasgó sin demasiadas contemplaciones y extrajo una pequeña cartulina de color blanco.

-Observa.-leyó en voz alta.

-Pues muy bien, observa.-respondió ella sin poder esconder el fastidio que sentía.

John levantó la mirada y, a continuación, dibujó una tierna sonrisa en su rostro mientras posaba sus ojos en los suyos.

-Odias todo esto, ¿no?-dijo a la vez que le ponía un dedo bajo la barbilla de la chica.

-Me parece una mamarrachada.-respondió ella con contundencia haciendo que John soltara una risita.-Respira, observa, escucha... Me dan ganas de enviarle una tarjeta de contestación en la que diga "vete a la mierda".

-¿Quieres que lo haga?-preguntó él divertido.

-Pues deberías. A ver si para ya con todas estas postalitas asquerosas.

Antes de responderle nada, JOhn le dio un dulce beso en los labios. Inmediatamente, Chris sintió como se relajaba.

-Me encantas cuando te pones celosa...-sonrió John cuando se separó de ella.

-Yo no estoy celosa, Lennon. Simplemente he dicho que todo esto me parece una estupidez.

-Vale, como quieras.-rió él.-Pero te voy a decir algo: no tienes por qué preocuparte, preciosa. La tipa ésta es sólo una aprovechada que busca que le financie su mierda conceptual.

-Eso mismo dices siempre.

-Lo digo porque es verdad.-dijo él.-Y ahora olvidémonos de toda esta mierda y acompáñame mientras desayuno algo, ¿quieres?

-Perfecto.-contestó ella.-Pero no creas que voy a caer en la trampa y te voy a preparar yo el desayuno.

-Oh, mierda... Y yo que pensé que colaría...

-Se siente, Johnny.-rió Chris.-Usa tus dos bellas manitas para otra cosa que no sea tocar la guitarra.

-Tú mejor que nadie deberías saber que uso mis manos para muchas otras cosas que no son tocar la guitarra...-le replicó él lanzándole una mirada de niño malo que puso en evidencia las segundas intenciones de aquella frase.

Chris no pudo evitar soltar una carcajada, como tampoco el ponerse un poco roja. Había olvidado por completo a la tarjetita y a Yoko.

-No tienes remedio, monstruo...-rió finalmente.-¡Anda, corre y come algo antes de que te asesine aquí mismo!

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Pese a que habían pasado muy pocos días desde la última tarjeta, John acababa de recibir otro envío de Yoko . Cuando el por portero le entregó aquel paquete, que obviamente contenía algo bastante más voluminoso que una simple postal, John lo miró con una inmensa curiosidad, la misma con la que en esos momentos estaba abriendo aquel paquete en el salón. Su sorpresa fue mayúscula cuando allí dentro encontró  nada más ni nada menos que un librito. Grapefruit, se titulaba, e iba acompañado de una breve nota escrita de puño y letra de la propia Yoko en la que le deseaba una feliz lectura de su "poemario de instrucciones". ¿Poemario de instrucciones? ¿Qué coño era aquellos? Ansioso por saber de qué se trataba, agarró el librito, se sentó en el sofá y empezó a leer. Rió cuando comprobó que, efectivamente, aquello era un "poemario de instrucciones", si a aquello se le podía llamar poemas, claro. Era, por así decirlo, como una versión extendida de las tarjetitas que hasta ese momento había estado recibiendo.

Se mantuvo así durante un buen rato, leyendo, ávido, todo aquello y, justo cuando estaba a punto de leer las últimas páginas de aquello, escuchó el sonido de la puerta de casa al abrirse. John levantó la vista, podría decirse que sobresaltado. Y es que, pese a que no estuviera haciendo nada malo en absoluto, no le gustaba la idea de que Christine, que acababa de llegar a casa en esos instantes, le pillara leyendo aquel librito que le había enviado su querida Yoko Ono.

-¡Hola!-saludó la chica entrando en el salón.

John la miró y sonrió.

-Hola.

-¿Qué haces?-preguntó la chica mientras se sentaba a su lado en el sofá.

-Leo.-se limitó a contestar John, rezando para sus adentros para que aquella contestación fuese suficiente para Chris.

-Ya veo...-dijo la chica mirando hacia el libro, que aún tenía en manos.-No lo conozco, ¿qué es?

Mierda. Chris y su obsesión por los libros. Siempre, siempre, siempre, se interesaba por ellos, aunque fueran una basura.

-Es un poco raro, no vale la pena...-respondió él.

Y, antes incluso de que pudiera reaccionar, la chica se lo arrebató de las manos, risueña, y miró la tapa con detenimiento. Inmediatamente mudó su sonrisa por una expresión sombría, casi asesina incluso.

-¿Te lo ha mandado ella?-se limitó a preguntar mientras sujetaba el libro con rabia.

-Sí.

-¿Ahora te manda libros? Vaya... Muy amiguita tuya veo yo que es...

John se quedó mirándola detenidamente durante unos segundos. No hacía faltas ser muy ancho de miras como para ver que estaba furiosa, a punto de perder los estribos. No obstante, la insinuación que Christine le acababa de hacer le había sentado como un tiro. Intentó, en vano, contenerse.

-Pues sí, me manda libros.-respondió en tono desafiante.-Y no, no es amiguita mía porque sólo la ge visto dos putas veces en toda mi vida.

-Sí, claro...-masculló ella con escepticismo.

-Por supuesto que claro.-le replicó él.- Joder, Christine, ¿qué coño te pasa?

-¿Que qué me pasa?-le preguntó ella indignada.-¡Me pasa que no me gusta el jueguecito que te traes con ésa! ¡Eso es lo que me pasa!

-¿Pero qué jueguecito? ¡NO LA CONOZCO! ¿Te lo digo en chino?

-Quizás deberías decírmelo en japonés. Igual hasta se te da bien.-le contestó ella en tono hiriente.

-¡Estás sacando las cosas de quicio!

-¿Que saco las cosas de quicio? A ver, listo, ¿cómo me explicas el hecho de que sólo a ti te siga mandando esas putas tarjetas de mierda? ¿Cómo me explicas que te mande este libro?

-¡Y yo qué sé!-exclamó él exasperado sintiendo como una oleada de impaciencia le invadía.-¡No lo sé, joder!

-Ya.-respondió ella secamente.-Veo que de repente te has vuelto muy ignorante.

Y dicho esto, sin ni siquiera dejar que John le replicara nada, se levantó y salió del salón dejándoselo a él allí solo, perplejo y furioso por lo que acababa de ocurrir. Después, oyó un portazo proveniente de su habitación y, a continuación, al cabo de unos segundos, los sollozos ahogados de Chris.

Rabioso, dio un fuerte puñetazo contra el sofá. Perfecto. Ahora iba a montarle un numerito con lágrimas incluidas.

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Tumbada sobre la ca,a. Christine no podía parar de llorar mientras apretaba su cara contra la almohada intentando, en vano, ahogar el sonido de sus sollozos. En realidad, no sabía muy bien por qué se había puesto así ni por qué lloraba. Bueno, sí que lo sabía: estaba tremendamente celosa y no podía hacer nada por remediarlo. Y es que, desde que aquella mujer había entrado en sus vidas y, sobre todo, desde que habían empezado los envíos de postales y tarjetas, Chris, por primera vez desde que había empezado con John, se sentía amenazada. Quizá era una sensación tonta e infundada, pero era así. Además, le estaba ocurriendo una cosa que jamás había pensado que ocurriría: estaba empezando a desconfiar de John. Las dudas le corroían: no sabía si debía creerse todo lo que él le acababa de decir o, sin embargo, hacer caso de su parte irracional, aquella misma que le decía que Yoko Ono no iba a traerle nada bueno. Aquello no le gustaba en absoluto y era por eso por lo que sus lágrimas se negaban a parar de brotar. Aquel sentimiento era, sin lugar a dudas, el peor del mundo.

De repente, Chris notó como alguien se sentaba a su lado en la cama y empezaba a acariciarle el pelo en silencio. Quiso parar de llorar al entender que John estaba allí con ella, pero el hecho de tenerlo allí a su lado hizo que se incrementara en su interior el miedo a perderle y, contra su voluntad, aún empezó a llorar con más insistencia. Él no dijo nada. Simplemente permaneció allí silencioso mientras seguía acariciándole el cabello, como si con aquello pudiera tranquilizarla.

-Lo siento, John...-sollozó ella cuando por fin se vio con fuerzas de hablar al cabo de unos minutos.

-Más lo siento yo.-contestó él, frío, aunque sin dejar de acariciarle el pelo.-¿Por qué no me crees?

La pregunta sonó tan amarga como lo era en realidad.

-Sí que te creo...

-Entonces, ¿por qué todo esto?

Por primera vez desde que se había dejado caer sobre la cama, Chris despegó la cara de la almohada y lo miró, con las lágrimas aún rodando por sus mejillas. Sabía que estaría horrible, con la cara roja y los labios y los ojos hinchados, pero en aquellos instantes le daba igual. John le lanzá una mirada, serio, y ella se encogió de hombros.

-No lo sé.-respondió finalmente.-No lo sé, John, pero no puedo evitarlo.

Por toda respuesta, él la abrazó, estrechándola fuerte en sus brazos. Ella se dejó hacer, agradecida. Realmente necesitaba aquello.

-Escúchame, Christie...-le susurró John casi al oído.-Escúchame porque no quiero que esto vuelva a pasar. Te quiero muchísimo y eres la persona más importante de mi vida. Y te aseguro que eso no va a cambiar nunca. No quiero ni una puta duda más, ¿vale?

-De acuerdo.-murmuró ella con la cara pegada a su pecho.-No más dudas.

-Como tú siempre dices, confianza total, ¿entendido?

La chica se separó de él y, mirándolo a los ojos, asintió. John posó los pulgares sobre sus mejillas y le secó las lágrimas en un gesto tierno que incluso la llegó a conmover. Después, le dio una de los besos más sentidos y dulces que jamás le había dado. Cuando se separaron, Chris no pudo evitar esbozar una sonrisa. Y es que, después de aquel beso, no le cabía la menor duda de que John estaba siendo completamente sincero con ella.






Holaaaa! Bueno, aquí estoy yo, con retraso incluido (menuda novedad, ¿no?). Bueno, es que en realidad he parado poco por casa y no he tenido tiempo de mucho. De hecho, muchas de vosotras ya lo habréis notado en vuestros fics... Me tengo que poner al día, chicas, y juro solemnemente que lo haré! ;)

Bueno, como siempre gracias a mis amores por comentar y los demás por leer y estar ahí.

Espero que os haya gustado.

Besos!